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27 Agosto, 2014

Editorial: Crisis en Chocó

Luces de esperanza en medio de la crisis: Construyamos país desde Chocó

Cuando conocimos Chocó hace algunos años, nos sorprendió encontrar en su aire húmedo, en las calles invadidas por pitos de motos, en los ríos rodeados de árboles que nunca antes habíamos visto, en las pieles y miradas de sus habitantes, en la música a todo volumen en las mañanas, tardes y noches, algo diferente a nuestra preconcebida idea de ese lugar. Esa idea que tienen muchos, la de un Chocó como un lugar selvático, poco “desarrollado”, en el que viven los más pobres, los marginados, la mayoría de ellos afros e indígenas.

 

Es verdad, reconocimos un lugar habitado en su mayoría por población étnica, con cicatrices abiertas por la exclusión política y social, por la violencia sistemática que ha enfrentado, y por su invisibilidad acumulada en el tiempo. Notamos una huella profunda, la que cargan múltiples comunidades en todo el territorio nacional como muestra de la violencia repetida, de la violencia que destruye.

 

Pero dentro de ese panorama gris en donde nada más tenía la potencialidad de sobresalir, en estos años de visitas constantes a Chocó, a “Chococito” como le decimos de cariño, hemos visto ante nuestros ojos puntadas de luz que nos han llenado de esperanza. Que paradójico, encontrar esperanza en un lugar en crisis.

 

Una crisis histórica y estructural

 

Y sí, Chocó está en crisis, en una crisis que viene de tiempo atrás y que hoy acumula efectos devastadores en el tejido social, en el entorno natural, en la gobernabilidad. A pesar de los vientos y anhelos de paz que por fin han llegado a una Colombia cansada, la crisis en Chocó es de múltiples facetas, todas ellas graves y complejas. La región no solo presencia la continua actividad de grupos armados legales e ilegales que disputan el control de los territorios, las poblaciones y los recursos, esta zona del país también es víctima de altos índices de marginalidad social, precario acceso a servicios básicos, corrupción administrativa y una historia documentada de violaciones sistemáticas a los derechos humanos, principalmente contra la población indígena y afrodescendiente.

 

El pasado mes de julio, la prensa nacional visibilizó algunos matices de la situación que atraviesa el Chocó, motivada en gran parte por las denuncias, advertencias y movilizaciones que realizaron líderes religiosos y activistas de organizaciones sociales y étnico territoriales de la región. Obispos de las diócesis de Quibdó, Apartadó e Istmina-Tadó, por ejemplo, denunciaron que el Chocó atraviesa una grave crisis humanitaria. Richard Moreno, asesor del Foro Interétnico Solidaridad Chocó (FISCH), por su parte, explicó a periodistas que la situación del departamento es compleja y se ha hecho poco, o nada, para atenderla. Desde el escenario internacional también se produjeron manifestaciones de alerta. El representante de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Todd Howland, reportó que, en el primer semestre de 2014, 4 mil personas ya habían tenido que abandonar sus hogares para huir de la violencia provocada por enfrentamientos entre el ELN y paramilitares.

 

En efecto, el Chocó mantiene una alta incidencia de violaciones a los derechos humanos relacionadas con el conflicto armado. La región continuamente registra, entre otros, casos de desplazamiento forzado, bloqueo económico, intimidación a pobladores, violaciones sexuales, asesinatos selectivos a líderes y reclutamiento de niños. Sin embargo, tanto Howland como los líderes regionales coinciden en que la temible situación del Chocó no es simplemente una causa del conflicto armado; las causas reales son estructurales y están enraizadas en el abandono estatal y los intereses extractivos en la zona. Como dijo a El Tiempo Richard Moreno, “podemos decir que en el Chocó mueren más personas por falta de atención de salud que por el desarrollo de las acciones bélicas. No es el conflicto armado el principal generador de violencia”.

 

Desde la situación de inseguridad alimentaria, pasando por los precarios servicios de salud, hasta la grave contaminación de cuerpos de agua causada por la actividad minera, la situación del Chocó demuestra que la crisis humanitaria también es estructural. Tanto los líderes de las organizaciones del departamento como la prensa nacional citan diariamente las alarmantes estadísticas del DANE en materia de vulnerabilidad social.  A junio de 2012, Chocó era el departamento con el mayor índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI),  con casi el 82% de la población viviendo precariamente, hacinada, con servicios inadecuados y económicamente dependiente. Peor aún, un tercio de los municipios del departamento (10 de 30) sobrepasaban un NBI de 90%, incluyendo la capital, Quibdó. Esta realidad, además se ha venido exacerbando por la minería en la región.

 

Champita en el Río Atrato

 

La minería—antes artesanal, sin químicos, a pequeña escala y combinada con otras prácticas productivas—se ha transformado con el paso de los años en una actividad preponderante traída por foráneos a la región. Esta nueva minería se realiza con maquinaria pesada, con aplicación de sustancias tóxicas y sin permisos legales. Esta transformación de la minería ha generado nueva conflictividad social y ambiental que se exacerba en el contexto de una débil, o inexistente, institucionalidad. Al abandonarse progresivamente la pesca, la caza y la agricultura, gran parte de la población ha empezado a depender de la minería. Simultáneamente, se han dividido las comunidades locales y se han creado enormes agujeros que degradan amplios ecosistemas y los convierten en zonas irrecuperables. Esta nueva minería también ha envenenado los ríos (Atrato, Andágueda, San Juan, Quito, Bebará, Bebaramá) y, como consecuencia, deteriorado la salud de la población.

 

Dragas en funcionamiento

 

Hacia el futuro, los intereses de explotación sobre los recursos naturales de esta tierra pueden seguir marcando un panorama de conflictividad. Un ejemplo se observa con los recursos minerales yacentes en el subsuelo chocoano, cuyos derechos de explotación a gran escala se han entregado a empresas multinacionales sin consultar previamente con las comunidades afros e indígenas propietarias de sus territorios colectivos, factor que amenaza con incrementar las tensiones sociales y ambientales en la región, con transformar de forma radical el uso de la tierra y con ello un entorno ecológico reconocido mundialmente por ser un reservorio notable de biodiversidad, clave para enfrentar los efectos del cambio climático.

 

En Chocó, ¿hay razones para la esperanza?

 

A pesar de ese cúmulo de problemas, todos ciertos, reales, graves, que en ocasiones oprimen el pecho y se sienten insuperables, en ese territorio en donde llegamos a apoyar a las organizaciones étnico territoriales en la defensa de sus territorios colectivos amenazados por intereses extractivos, hemos encontrado en la forma de ser, vivir, luchar, persistir y sobrevivir de muchos chocoanos aprendizajes, valores, propuestas y experiencias que alimentan la esperanza de encontrar soluciones para el Chocó, soluciones para el país.

 

A pesar de la segregación histórica y la violencia estructural que podrían llegar a ser inmovilizantes, a pesar de las muchas muertes, en Chocó existe un movimiento social vivo, dinámico, multicolor. Aunque no esté libre de tensiones y diferencias, en este movimiento, hombres y mujeres, laicos y religiosos, indígenas, afrodescendientes, “paisas” (como nos dicen a los colombianos de fuera) y extranjeros, jóvenes y mayores, rurales y urbanos intentan construir ideas de una región que integre y reconozca esas diferencias y permita transformarla en una en donde sea posible la paz y la justicia. Esa coexistencia y construcción colectiva es un enorme desafío para la humanidad y Chocó es sin duda un espacio de encuentro de la diversidad, un espacio en el que conviven los contrastes y del cual hay mucho que aprender.

 

Asamble Cocomopoca

Asamblea Cocomopoca

 

Las mujeres chocoanas, afectadas por segregación y violencia sexual y/o desplazamiento forzado, entre otras vulneraciones, son emprendedoras de iniciativas productivas y eficientes en todo el departamento. Estas mujeres han creado espacios de educación que contribuyen a la existencia de espacios libres de violencia y de mayor conciencia sobre el papel de la mujer en el bienestar social.

 

En las zonas rurales, las zonas más golpeadas por el conflicto y el abandono del Estado, es sorprendente encontrarse con organizaciones indígenas y afros que siguen creyendo en la defensa de sus territorios y en la pervivencia de su cultura. Hoy, después de 21 años de violencia sistemática, y a pesar de todos los momentos difíciles y de las gruesas dificultades que enfrentan, estas organizaciones tienen el ánimo para pensar en planes de vida y etnodesarrollo que apunten a su bienestar.

 

Creemos profundamente que las soluciones para el Chocó deben fundamentarse en decisiones del Estado, en sus distintos niveles, que aborden los problemas de fondo que padece el departamento. Esta decisión no provendrá de una genial idea concebida desde un escritorio bogotano, sino que debe construirse e implementarse con y para los chocoanos, tomando en cuenta que ese término envuelve una notoria diversidad, una diversidad con la que ya es tiempo de construir país.

 

Por: Ximena González y Diego Melo

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